
Iván
Madden
Meto en el bolso lo necesario, ropa interior, remeras, un par de zapatillas, el polar, la campera. El barco zarpa a medianoche. Ella me espera abordo, para que nos volvamos a encontrar. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para tenerla otra vez.
Son las once y cuarto. Camino hacia el bajo rumbo a la dársena H. Las cuadras se alargan, son por lo menos el doble de grandes que las del centro. Ingreso a la zona portuaria; atrás, las luces de la ciudad forman un diseño impensado. El aire se siente húmedo y se oye el silencio. Son las doce menos cuarto, apuro el paso, me agito, pienso en ella.
A la distancia puedo ver el barco, enjuto y umbroso. Pero de un alto descomunal. Paso las dársenas A, B y C. Para llegar a la Dársena E tengo que cruzar por adentro del edifico de la Dársena D. Sigo la vía de tren que la atraviesa. Escucho pasos. Al salir del edificio espero unos instantes hasta que aparece un hombre, es un empleado de seguridad. Me dirijo a él, le hablo, pero es como si no me viera, como si no me escuchara. Sigo, me apresuro, imagino el encuentro con ella, corro. Por fin la Dársena H.
El barco es titánico, con más de veinte pisos, pero se encuentra inmerso en el silencio, no hay luces encendidas y los motores están apagados. No parece haber nadie en él. Pero ella debe estar esperándome. Grito su nombre y espero. Nada. Subo por la escalinata. Estoy abordo. Miro el reloj: son las doce. Camino por la cubierta de proa. El piso metálico de repente empieza a vibrar, son los motores que se encienden. El barco se desprende de las amarras y con suavidad se aleja de la dársena, de la ciudad, de la luz. La escalinata cae al vacío y se hunde. Pienso en saltar, me asusta la excesiva altura y, abajo, en el fondo, la negritud del agua. Decido saltar. Cruzo la barandilla y me paro en el borde.
No saltes –me dice ella-. Te dije que vendría.
Corro a abrazarla, la beso, siento su cuerpo. Ella me ve con ternura pero se aparta, me da la espalda, y se queda contemplando las últimas trazas de la ciudad.
¿Qué pasa? –le digo- ¿Quién conduce el barco? ¿Adónde vamos?
El silencio crece a medida que nos adentramos en el mar. Los motores se perciben prístinos. El barco se desliza firme y veloz, ya la costa es un puntito blanco en la noche.
Ella sigue ahí, como siempre, corro en su busca. Pero cuando voy a alcanzarla se vuelve y me dice:
Para que estemos juntos otra vez, tenés que llegar hasta el final.
¿No entiendo? –le digo-. ¿Hasta qué final?
La decisión es tuya –me responde-.
¿Cuál decisión?
Entonces ella me dice:
¿Estás seguro de que querés unirte a mí para siempre?
Sí –le contesto ansioso-.
¿Y qué darías por conseguirlo?
Lo daría todo.
Ella me besa, siento su ardor. Una corriente arremolinada de aire helado cruza la cubierta y el barco impulsado por la fuerza de los motores se eleva por la proa y comienza el ascenso de una ola enorme. El ascenso se mantiene más de lo imaginado.
Ella me pregunta si tengo miedo, si estoy arrepentido. El barco alcanza una altura insospechada pero, al llegar a la cresta de la ola, se estabiliza. ¿Es éste el final?, le digo. El barco se empina, inicia el descenso. Por delante veo la caída, profunda, que va a dar a un hoyo oscuro que se abre en el mar.
¿Vas a quedarte conmigo? -le pregunto-.
El barco hace sentir su peso y se acelera irrefrenable hacia el pozo. Ella me acaricia, me besa y me dice:
Sí, estaremos juntos para siempre.Por Iván Madden