Oye María
- Oye María, ¿Te acuerdas del dibujo que hicimos juntas cuando niñas?, mamá nos decía que era la cosa más maravillosa que habían visto sus ojos, y nosotras reíamos, ¿Te acuerdas?.
- Sí, si me acuerdo.
Quedaron calladas, tan calladas que el silencio se hacía más grotesco, y el viento giraba en torno a la melancolía mientras golpeaba con más fuerza el vidrio humedecido en lágrimas que resgualdaba la pobreza de aquella habitación.
- ¿Cuántos años tendríamos María?, ¿Siete?, no lo recuerdo.
- Ocho años tú tenías Susana.
- ¡Ha!, sí ocho.
Cayó la noche, como si se estuviera esforzando por no caer desprevenida.
- Descansa María.
Esa fué la despedida de Susana, la pronunció en voz alta por si no había oido María.
Salió de sus reflexiones como quien sale de viaje, pensando no volver… sintiendo el regreso.
Aquella noche fue tan solitaria para Susana como muchas otras, sin embargo no lloraba, sus suspiros apenas eran retenidos por aquella mancha humeda que acostumbraba ver en el techo.
No recordaba el funeral de su hermana.
Susana se fue consumiendo y viendose consumir através de su espejo que nunca reflejaba nada.
- María ¿Estas dormida?.
- No, aún no me duermo.
- Bueno.
Encerrada en su habitación, no estaba lista para vulver a salir con tanto dolor, pero el tiempo es despiadado, te arranca las penas en la propia carne.
- ¿Quieres agua María?, si te las tomas así se te resecaran los labios.
- No, así las quiero, aunque me haga de piedra.
Era un buen día para ir a comprar lo de diario, aunque ella todavía no muy convencida quizo serciorarse através de la ventana, pero no vió nada, así que salió como salen los fantasmas a media noche.
- Buenos días Susanita, ¿Ya te sientes mejor?.
- Ya merito.
- ¡Me alegra oirlo!.
La calle era como siempre, igual de dura. Sin embargo, Susana estaba alegre, por que no hacía aire.
Por fin llegó al mercado.
- Mira María, te traje tres manzanas, hoy sí ajuste de las rojas.
- Gracias.
Había mucha gente, como simepre, era cosa de tiempo para salir de ahí, así que tomó suficiente aire y entro.
- María, ¿Por qué no te tomas la sopa?.
- Deja que se enfrie un poco.
- ¡Pero si esta fría María!.
Por fin salio, más pálida, pero salio.
Retorno su regreso con pesades, el aire se tornaba más denso, le hacía falta, aunque ella decía que no lo necesitaba.
- ¿Vas al baño?
- Sí.
- Ahorita te llevo.
Regreso a su casa, como quien va a la Iglesia.
- ¡No pensé que fuera a llegar tan pronto Susanita!
- Pues ya ve, me di prisa.
Entró a su habitación, tan sola como se fue.
El peculiar aroma del café negro y humeante le causo escalofrios. Miró el contenido de la taza, esperando contestación de algo que aún no había preguntado.
- ¿Ya te vas Susana?
- No, aún no.
Sus pensamientos se transformaban en ideas fugaces, tal vez era mejor dejarlas escapar de aquel cansado cuerpo.
- Susana, ¡Ya llegue!
- ¿Cómo te fue Rogelio?
- Como siempre.
“Es un buen hombre”, se decía Susana.
Después, se perdía su mirada en un lugar que solo ella conocía.
- Mamá viene a visitarnos María.
- No quiero verla.
Los ojos cada vez más hundidos de Susana contrastaban con su tono de piel, y su sonrisa casi imperceptible la hacía verse enferma. Se sonreía.
El tiempo transcurrió como transcurrían los días, despacio, sin saber por que se van ni por que llegan.
“Me tengo que ir Susana, no puedo seguir muriendo a tú lado, esperando una mirada tuya, una sola explicación.
No pienses que te abandono, tú me dejaste hace mucho tiempo, y no pude hacer nada para evitarlo.
No se donde te encuentras, ya no te siento cerca, ya no siento tu cuerpo.
Si algún día deseas despertar de ese sueño que te atormenta… deseo tu felicidad… deseo mi felicidad.
Rogelio.”
Dejó la carta en la cama. Susana no mostró señales de vida.
- No quiere verte mamá, está muy dolida.
- Quiero explicarle… dejame verla.
- ¿Explicarle qué?, ¿Qué le temías?.
- ¡No!, tu no comprendes hija…
- Vete, te lo suplico, aún está dormida, no la mortifiques.
“La cena”, pensó, y se fué a la cocina.
Preparó algo ligero; puso en la mesa tres platos, tres cucharas, tres vasos… y solo ella.
Se sento a esperar a sus invitados, estaba todo dispuesto.
- María, por favor come.
- Te digo que no tengo hambre.
- En la tarde viene el médico.
- No quiero verlo.
Se sirvió un poco de agua, aunque para aquellos labios resecos parecía una burla.
Siguió esperando.
- El médico me dijo que estabas mejorando.
- Ya no me puedo mejorar Susana, ¿Qué no me ves?
- ¿Quieres que te abra las ventanas?
- Sí.
Se iba consumiendo aquella vela que esperaba tan impaciente como ella a sus invitados. La miraba como si comprendiera su impaciencia.
“Te estuve esperando, más no llegaste. Arregle todo para que la cena estuviera esplendida.
Mi hermana y yo estamos por irnos, quize despedirme de ti.
Si es que llegas más de rato, cena, no me esperes.
No comprendí tu carta. Pero creo que estoy a punto de despertar del sueño en el que tú dices que estoy.
Me voy con mi hermana. No me busques.
Susana.”
Yo tampoco recuerdo su funeral, ella tampoco recordaba el de su hermana. Pero aún la sigo oyendo, moribunda y queriendo despertar.
Sigo esperando su regreso, en al silla que me dispuso y tomando agua, con mis labios ya resecos.
Rogelio.
Por Fabiola Torres