La arena y el mar



Yo he sido testigo de cómo la arena y el mar se amaban.
En noches de silencio, bajo la cómplice mirada de la luna,
el mar, le canta romanzas de suaves susurros, mezclados de suspiros.
La arena, se deja arrullar por los brazos azules, entregada a sus besos.
Él, borracho de amor, a cada caricia, le prende el pelo de caracolas.
Quise ser arena y caminé descalza por los labios de la esfinge.
La fina y marfílea arena se apartaba ofendida, rehuyendo el paso,
cuando el mar besó las huellas, cuyas autoras éramos su amada y yo.
Enredé mis pies en la espuma, que seducía sin cesar la Tierra,
queriendo robar alguna de las caricias que ambos se prodigaban;
fundirme con el mar y abrazar el Universo extendiendo mis brazos;
perderme en el cosmos mientras mi cuerpo se entregaba a las olas.
Pegué el oído en la arena mojada, arrancándole quejidos,
tatuando el paso de mis dedos por su cara, como celosa enamorada.
Decidí pertenecer al mar y que como cosa propia me poseyera.
Descendí los altares humanos para convertirme en su sirena.
El viento, ordenado por el mar, vertía sus reproches sobre mi cuerpo
que, desnudo al cielo, yo le ofrecía para que amasase y esculpiese a gusto,
mientras continuaba adentrándome, plácidamente, en el fondo marino.
Pero el mar no me quiso y me impulsó al aire como lava de volcán,
abriendo las olas a mi rastro, en pugna salvaje, por librarse de mí.
Me tomó mimoso en sus brazos, con la delicadeza de un caballero
y como si cual novia yo fuera, me depositó suavemente en la orilla.
Permitió que le besara por última vez y se fundió con mis lágrimas.
La arena se apartó bajo mi peso, invitándome a dejar la playa.
Nadie me había invitado a entrar en la Ternura.


Gracia Torres