Poemas de Santiago Almada
Momento
con Ana y el mar
Y la tarde pronunciará sus heridas
Que otra vez teñirán el horizonte
Y en la distancia habitarán
Sobre lo efímero rojos vellones
Fugitivos sobre la sal callada.
Entonces el silencio cerrará
Cortinajes
con lunas indolentes
Y tras el misterio de tus pasos
Sucederá tu voz
Y el mar pondrá en sus espejos
Esa complicidad que nos reúne
Y habrá en el roce de tus labios
Melodias de azúcar
Y deleites sonoros como pájaros.
Insomnio
Tras las cortinas estragadas por el viento
La ciudad se ha vuelto una larga
y estruendosa ausencia cuando tus párpados,
como persianas fatigadas, se caen
para dejarme a solas con mi insomnio.
No te podré contar de las palomas
junto al malecón, de la sal transparente
que se encaramaba en el cabello
de una muchacha de falda azul
y de caderas rítmicas como la espuma,
de la culpa que no pude esconder
cuando una niña con el pelo lleno
de cuentas de colores me traspasó
el corazón con su mirada mansa,
de las nubes que preferí no ver
para no acordarme de mis atardeceres
de allá, de esta melancolia de acá,
vuelvo a añorar tu silueta en la ventana
pero entonces me niego a repetir
los lugares comunes, como las lluvias
de nuestras primeras noches,
las luces de los autos y el sobresalto
de los relámpagos lejanos.
Bajo la sábana pareces apenas
un latido vacío y temo dormirme
porque ya no confío en las alas gastadas
de mis antiguos deseos.
Es que a veces hasta las ganas
de tener ganas se me cansan
y no quiero despertarte para que lo sepas.
Retrato de una calle dominicana
La tierra traza una pendiente,
un dedo gris que juega
a señalar con indolencia
los nortes y los sures,
un rayo plano que atraviesa
con su estela de asfalto
el sembradío de colores salvajes
de las casas estridentes,
un alargado cascarón que ignora
el ronroneo metálico de la ciudad ajena,
eue se tine de cascadas efímeras
cuando una danza de niños
destroza los espejos
endebles de la lluvia
o atrapa el oro dulce del verano
en sus mochilas multicolores
de cargar la vida.
Cada mañana el viento
le enciende un cosquilleo de fragancias
mientras la aurora es una tentación
que se desnuda en el rojo
de las cayenas y de los flamboyanes,
que baila en los compases de las cigüitas
y se adormece en la frescura de los jardines húmedos.
La calle es un paisaje de regresos
cuando la noche interrumpe
los exilios cotidianos,
cuando el reposo instala
en su rostro somnoliento
inocencias antiguas,
cuando las copas tibias
se pueblan de pájaros dormidos
y vuelven a ser tiernos
los rincones en sombra;
como si viejos ángeles desconocidos
hubieran regresado del destierro
para abolir las culpas, los fracasos,
la sal resquebrajada
de las penitencias
y aún fuera posible el paraíso.
Santiago Almada

Rutina
Buscó en el refugio de su bar de siempre
la repetida indolencia
de la vidriera opaca
frente a una calle sin tiempo,
acaso el humilde milagro
de un sol que clausurara
el tedio amarillento de los lunes.
Junto a la naturaleza muerta
de un cenicero vacío
bebió la sombra calurosa
de un otoño que aún no se quitaba
sus cortinajes de verano,
movió sobre el descascarado tablero
de un mantel de hule
el ajedrez de sus recuerdos,
contempló de reojo la cotidiana pesadilla
de la tapa de un periódico,
besó en el sorbo oscuro
de un café caliente
los amores olvidados
que jamás se olvidan,
creyó sentir la levedad
de un aleteo que se alejaba
entre las mesas desocupadas,
y con un presagio de alivio
se atrevió a pensar que quizás
fuera la misma y rutinaria
despedida de la muerte hasta mañana.
Santiago Almada