1. Encuentro
Vi llegar a You Xiang rígida, colorada,
gritando y dando patadas a la joven que la había "descargado" del
furgón. Aunque no se parecía a la foto de la asignación, debía tener una edad
parecida (casi 3 añitos), la reconocí y salí a su encuentro, emocionada.
Supongo que mis lágrimas agravaron la situación porqué ella cambió los gritos y
sollozos por un llanto profundo y desesperado que parecía no tener fin. La
señora la dejó, aliviada, en mis brazos y desapareció en silencio.
El jefe del Registro le dio una caja de
galletas que la niña devoró atragantándose, sin dejar de llorar. Parecía que no
habría consuelo posible, pero dejó de forcejear y se resignó a mis brazos. Me
senté, la coloqué en mi regazo y le limpié la cara (llena de chorretones y
mucosidad). Entonces me di cuenta de los granos y ronchas que tenía por todo el
cuerpo, junto con rojeces y eccemas, especialmente en el cuero cabelludo.
Estaba mucho más delgada que siete meses atrás, cuando le habían hecho la foto
para el informe médico que me enviaron con la asignación.
La pequeña desconocida se enfrentaba a la
primera imagen de la mujer que ejercería de madre suya para siempre y quizás no
respondía a sus expectativas. Lloraba y lloraba como esperando el regreso de
alguien que nunca llegaría. Nos mirábamos fugazmente a los ojos, temerosas de
la otra mirada, extraña pero dulce. Pensé en su madre biológica y en el tiempo
que habría tardado en poder dejar de llorarla. Me vinculé mentalmente con ella
y acepté el compromiso de no permitir que nuestra hija la volviera a echar en
falta. Mientras You Xiang seguía llorando con auténtico sentimiento y mis
pensamientos recorrían su pasado, yo había pegado mi mejilla a la suya
compartiendo aquel mar de lágrimas confundidas y le susurraba al oído en tono
dulce y suave: "pu hai pa"... (no tengas miedo). Pero lo debí
pronunciar tan mal que sólo empezó a tranquilizarse cuando le canturreé la canción
de cuna de Mendelson.
Apareció el Jefe del Registro con una cámara
fotográfica para inmortalizar el momento de nuestro encuentro y pegar la foto
en el libro de familia chino. La niña se desconcertó pero siguió con su llanto
imperturbable. Después, le manché la planta del pié con tinta roja para
imprimir su huella y se la limpié cuidadosamente con un pañuelo de papel.
Acaricié su piececito con ternura y lo besé, antes de manchar mi dedo con
aquella misma tinta e imprimir mi huella junto a la suya. Le ofrecí el pañuelo
para que me ayudara a limpiar mi tinta. Me miró sorprendida y dejó de llorar.
La llevé en brazos hasta el taxi y la senté en mi regazo, pero la sentí
temblorosa, como un animalito asustado. Intenté cogerle las manos, tocar sus
mejillas, acariciarla... pero me rechazaba. No me quise imponer. La senté a mi
lado y respeté su necesidad de distanciamiento, limitándome a mirarla con
ternura.
Del Registro fuimos a la habitación del hotel
(Hua Tian). Me habían entregado la niña sin zapatos ni ropa interior. Por verla
descalza no la había puesto aún en el suelo y no sabía si sus piernitas
delgadas la sostendrían.
Permaneció sentada encima de la cama, tal como
la dejé, mientras le preparaba el baño. Pensé que le sentaría bien y la
relajaría, además de limpiar aquella piel grisosa, áspera y descamada. Yo iba
entrando y saliendo con jabones, cremas, toallas, peines, cortaúñas... mientras
le hablaba en el tono más dulce que jamás había utilizado. Ella ni me miraba.
Se mantenía apática e indiferente. Ni siquiera había mirado el oso de peluche
que le había traído. Se lo acerqué y, de un manotazo brusco, lo tiró al suelo.
Se dejó despojar de la camiseta vieja,
descolorida, sucia y grande y del pantaloncito de pijama de igual calidad.
Tenía el cuerpo cubierto de ronchas de urticaria. Pensé que se las habría
producido el estrés del momento. También vi algunas marcas como de pequeñas
quemaduras y una sequedad extrema. El tacto de su piel era áspero, no tenía nada
que ver con la piel de bebé que conocemos.
Al llorar, le había salido por los lagrimales
una mucosidad espesa y densa, de color oscuro. Respiraba con dificultad porqué
sus fosas nasales permanecían obstruidas, a pesar del esfuerzo y el llanto.
Desprendía un raro olor rancio.
Cuando la acerqué al agua templadita y
perfumada, se puso a chillar como si la estuviera matando. Se agarró a mí hasta
clavarme las uñas para evitar el agua, que le daba pánico. Con la cara
enrojecida y congestionada, daba patadas, se ponía rígida y peleaba con una
fuerza inusitada en un cuerpecito tan débil. No sé qué pasaría por su cabeza,
quizás nunca antes la habían bañado. Las uñas de sus pies inducían a pensarlo.
Su resistencia era brutal pero creí que si yo cedía, todo me resultaría más
difícil a partir de entonces. Tenía que demostrarle que yo sabía qué debía
hacer para que la vida le resultara más gratificante.
Conseguí lavarla, a pesar suyo, con un jabón
especial que una amiga alergóloga me había regalado para esta ocasión, y le
puse la crema del mismo tipo (para pieles hiperreactivas, resecas y
maltratadas). Después del baño, limpié sus fosas nasales con suero fisiológico
para que pudiera respirar con menos dificultad. Le puse ropita interior nueva,
un vestido fresquito y alegre, zapatitos elegantes... Ella se dejaba hacer con
curiosidad mal disimulada.
Aún no la había pesado. Entonces la puse de
pié, por primera vez, sobre la báscula del baño. Tuve tiempo de comprobar que,
en siete meses, había perdido 2 Kg., pero tuve que sujetarla enseguida porqué
no tenía mucha estabilidad.
Sus bracitos también eran extremadamente
delgados y se le marcaban las costillas y la columna vertebral. Entendí que
había sacado la fuerza que sólo somos capaces de ejercer en situaciones límite
y decidí convertirme en su aliada, ayudarla por la vía de la sugestión y el
juego, cuando la volviera a bañar.
Bajamos a desayunar. Me había preparado el tema
de la intolerancia a la lactosa, tan frecuente en países asiáticos, y tenía que
ponerla a prueba. Senté la niña en una silla y llené la bandeja en el buffet
libre. Cogí de todo porqué no sabía qué le gustaría: Un buen vaso de leche, un
yoghurt para mi y otro para ella, por si no tomaba la leche, un par de bollos
con crema, macedonia de frutas, un plátano, tostadas, mermeladas, un plato de
arroz con tocino, zumo de naranja... YO NO SABÍA QUÉ DARLE.
Tomó el vaso de leche sin detenerse y se quedó
mirándome, a la espera de otra cosa. Le ofrecí un bollo que devoró con avidez.
Ella misma cogió el segundo mientras yo abría un yoghurt para mí. Como la niña
no lo perdía de vista, acerqué una cucharada a su boca y la abrió, curiosa. Le
gustó y yo le seguí dando, hasta que acabó el segundo. Entonces, después de
finalizar el bollo de crema, me señaló el plátano... y siguió así con todo,
hasta que no quedó nada en la mesa. Desde el primer bocado, empezó a salirle
aquella urticaria generalizada con más fuerza. Podía deberse a una alergia
alimentaría pero ¿a qué?, habría que investigarlo por eliminación.
Ya eran casi las 13 h. Pensé que sería bueno
para ella dar un corto paseo, despacito, cogida de mi mano, por el mismo hotel.
Subimos y bajamos escaleras, conoció la primera escalera mecánica, que le llamó
mucho la atención: tiraba de mí para que nos acercáramos y, una vez cerca,
tenía un ataque de pánico y me levantaba los bracitos para que la cogiera.
Subía con ella en brazos y repetimos la historia cuatro o cinco veces, hasta
que empezó a mostrarse agotada por la caminata (y el peso de la barriga;-)).
Aquella tarde teníamos que ir al orfanato para
la entrega oficial, donativo y firma del acta notarial. La puse en la cama a
descansar y, por primera vez, la vi relajada, serena y confiada. Velé su
sueñecito. Fuera, en algún local cercano, un coro de voces masculinas bien educadas,
entonaban cantos que yo no entendí pero que sonaban como himnos
revolucionarios. Recordé que estábamos en la ciudad de Mao y me pregunté si no
me estaría haciendo cargo de una descendiente remota del líder. Él había pedido
a los chinos que procrearan porqué su número había de hacerlos superiores. Él
la había puesto, indirectamente, en mi camino.
Era mi hija y estaba allí, dependiendo sólo de
mí. En el futuro que acababa de empezar sería mi total responsabilidad. Tan
desvalida, tan vulnerable, tendría que seguir las líneas que yo trazara para
ella, valerse de mis recursos y de las herramientas que yo pusiera a su
alcance. Tendría la personalidad que yo le forjara, contaría con todo mi apoyo
e influencia. Ahora se había abandonado a un sueño plácido, junto a mí, la
desconocida que pretendía arrancarla de sus raíces, separarla de su hábitat
natural, del mundo que conocía. ¿Realmente sería mejor la vida que le quería
ofrecer?, ¿qué derecho tenía a decidir por ella y apartarla de su destino?.
Besé aquellos párpados oblicuos y apoyé mi cabeza en su pechito. Dentro,
percibí un corazón fuerte que latía acompasado y que debía saber poco de
felicidad, afecto ni ternura. Sería mi hija para el resto de sus días, esto ya
era una realidad porqué nosotras dos lo queríamos así.
Volvimos al orfanato. En el taxi, la niña iba
sentada a mi lado, aturdida y apática. Evitaba mi mirada, mantenía su ceño
fruncido y se erizaba si yo o el guía intentábamos coger su manita o tan sólo
rozábamos su piel. Pedí al intérprete que le hablara e intentara tranquilizarla
en el dialecto de su provincia común, pero ella se mantuvo impasible, como
cuando le hablaba yo. La cogí en brazos para salir del taxi y subir las
escaleras del edificio. Cuando el guía nos dejó solas para ir en busca del
director, la dejé en el suelo con la esperanza de que se dirigiera a algún
lugar conocido y poder seguirla para verlo. Pero se comportó como si jamás
hubiera estado allí. Cuando, desde el fondo de un pasillo, la llamó una mujer
mayor por su nombre, la cogí de la mano y nos dirigimos hacia ella. La mujer la
piropeó mirando su vestido y zapatos, pero mi hija permaneció indiferente.
Nadie más pareció conocerla. Una niña mayor preguntó a mi guía si la pequeña
había estado allí y como se llamaba. Cuando desfilaron ante ella los
trabajadores del centro, ella dio muestras de aburrimiento y se reclinó en el
respaldo de la butaca.
Comprendí que la niña había recibido un trato
impersonal durante su estancia y que los trabajadores se limitaban a cumplir
sus funciones encomendadas mientras duraban sus contratos, sin establecer mucha
relación con los residentes ni sentir simpatía por ellos. Sentí que me
encontraba en una especie de almacén de niños. Me di cuenta de que le haría
falta entrenamiento para que empezara a sentir emociones. Sería necesario
estimularla mucho para que saliera de aquella apatía y no sería una tarea
fácil. Para que aprendiera a sentir algo, primero debía "sentirse"
importante, aceptada, querida y, para que ella lo sintiera, debía ser verdad.
Yo ya estaba "de su parte" y esperaba que no tardara en darse cuenta,
nos quedaba un largo camino por recorrer.
Cuando acabamos el papeleo, la miré con dulzura
y, poniéndome de pié, alargué mi mano para que la cogiera y nos pudiéramos marchar.
Los notarios, los demás niños, el director, sus secretarias y mi guía ya habían
salido. Aïna-Youxiang escondió su manita en la espalda en ademán de no quererme
seguir. Sorprendida, volví a sentarme junto a ella con una mirada de
interrogación. Habíamos quedado solas. Volvió a entrar un hombre de mediana
edad, trajeado, que podía ser uno de los notarios, y le hizo un breve discurso
durante el cual pronunció varias veces la palabra "mami". Al final,
Aïna se incorporó y alargó su manita hacia mí.
En el viaje de regreso aceptó que la sentara en
mi regazo y se quedó dormida apoyando la cabecita en mi pecho. Estábamos
iniciando nuestro proceso de aceptación mutua.
Compramos pollo, patatas fritas, ensalada y pan
y cenamos en la habitación. Después del primer bocado de pollo, reapareció la
urticaria pero la niña tenía un apetito voraz. La dejé comer mientras la
observaba. Ella también me miraba mientras comía. Era como si me acabara de
descubrir. Aproveché su interés para empezar a enseñarle fotos de sus abuelos,
primos, tíos, amigos, las casas, el coche, los lugares donde viviría...
Llené la bañera de juguetitos de vivos colores
e intenté convencerla de lo divertido que sería bañarse entre ellos, pero
volvió a ponerse rígida y a gritar de aquella forma que rompía los tímpanos. No
quiso sentarse. Le fui echando agua templadita por encima, sin jabón, sin que
dejara de llorar. Después de hidratar bien su piel, le di mi voto de confianza
y la acosté sin pañal. No los necesitó ninguna noche, mientras estuvimos en
China, después ha empezado a necesitarlos.
Seguí haciéndole lavados de fosas nasales pero
persistió aquella mucosidad densa y oscura que, sólo le salía por los ojos
cuando lloraba o dormía. Se despertó cada día con las pestañas pegadas por una
pasta blanca, difícil de arrancar. Respiraba con mucha dificultad por la nariz
y se despertaba a menudo, sobresaltada, al faltarle el aire. De noche gritaba
(gracias a esto, supe que no era muda, porqué, de día, no le oí la voz en una
semana), tenía pesadillas, se movía mucho y no se tranquilizaba hasta que
llegaba al suelo. Como en los hoteles teníamos dos camas enormes en la
habitación, le arrimé a la pared la más cercana y puse un par de almohadas
debajo del colchón en el lado opuesto, para que hicieran de barrera o
barandilla, pero se tiró al suelo cada noche.
El guía de la provincia era médico epidemiólogo
y le enseñé varias veces las ronchas que aparecían a la niña cada vez que
comía, incluso cuando tomaba agua. Se encogió de hombros, pero no le dio
importancia. Quizás era cierto que yo la observaba demasiado pero la erupción
era espectacular. Yo llevaba un antihistamínico en el bolso y ya había
calculado la dosis que debería administrarle en caso necesario, pero empezaba a
pensar que no llegaríamos a Barcelona en buenas condiciones.
Decidí avisar, prevenir a los abuelos de que no
conocerían una niña guapa y robusta, sino una criaturita de aspecto enfermizo,
muy delgada y débil, con poca estabilidad, triste y asténica, cubierta de
eccemas, manchas y costras. Pedí que no dejaran venir a nadie al aeropuerto
porqué era muy asustadiza y frágil.
Durante toda nuestra estancia en China se
mantuvo su fuerte resistencia al baño. Yo seguí ensayando diversos métodos para
intentar eliminar la suciedad que parecía estar entretejida con su piel. Las
uñas de sus pies parecían las de un carbonero. Sin embargo, día a día, fue
mejorando su aspecto con las dos higienes diarias, posterior hidratación con
leche hipoalergénica especial y la alimentación rica en nutrientes variados. Su
obstrucción nasal persistía. Sin duda, se trataba de una rinoconjuntivitis
complicada con sinusitis.
La niña no me hablaba, pero descubrí que tenía
un amigo "virtual" con quien sí lo hacía. Quise hacerme amiga de
"los dos" entrando en sus conversaciones. Empecé acariciando al
"amigo" y cogiéndolo de la mano. Después, le ofrecí un zumo de
naranja y unas galletas, le mostré nuestro álbum de fotos, lo bañé y le lavé el
cabello. Aïna me ayudó a ponerle crema y a vestirlo. Después de acostarlo, dibujé
una esfera en el aire con las manos y la lancé a mi hija. Después de los
manotazos que había propiciado al oso de peluche y de mis intentos fallidos de
que participara en mis juegos con globos, esperaba su habitual indiferencia...
pero ella, esta vez, levantó los bracitos, recogió la "pelota", me la
devolvió... y ME SONRIÓ. Creo que fue la sonrisa más bonita de toda la historia
de la humanidad y me era dedicada.
Cada día hacíamos varios paseos cortos para
fortalecer sus piernitas aún débiles e inseguras, buscando algo que atrajera su
atención o despertara su interés, y yo no me cansaba de hablarle, nombrarle los
miembros de su nueva familia, describirle los lugares que conocería, comentar
todo lo que veíamos, descubrir los peces, los pájaros, las flores, la música,
el silencio..., enseñarle a conocer y disfrutar cada pequeña cosa, aprender a
compartir, tener alguien cerca con quien compartir sus descubrimientos, dudas,
temores y alegrías.
Fue una semana muy intensa de comunicación y
dedicación total. Estoy convencida de que nos llegamos a compenetrar. Pronto
empezó a observarme e imitar mis gestos. Esto me gustó porqué pensé que me
estaba teniendo en cuenta, yo había empezado a existir para ella y se estaba
volviendo receptiva. Habría que aprovechar esta circunstancia.
Nunca he creído en el condicionamiento a través
del premio/castigo para educar, si bien ahora lo empiezo a considerar
parcialmente imprescindible. Pero creo más en la función del
"modelo". Los educadores me podéis corregir y podríamos iniciar un debate,
si no estáis de acuerdo. Parto de la base de que todo niño es un campo fértil y
receptivo ante cualquier estímulo, pero más sensible ante las personas que
acepta y quiere, de las cuales recibe afecto y cuidados. Estas personas se
convertirán fácilmente, en sus "modelos" y el niño acabará adoptando
sus actitudes, hábitos, costumbres, defectos..., al menos en sus primeras
etapas.
Observadora y analista, no se perdía detalle.
Parecía "Alicia en el país de las maravillas", todo era nuevo y
diferente cada día, para ella. Iba despojándose de su coraza, se estaba
distendiendo.
Cuando llegamos a Barcelona, después de un
viaje muuuuuuuuuuuuuuy largo, agotadas
y extremadamente afectadas por el cambio de horario, además de tantas y tan
intensas emociones que se agolpaban en nuestras mentes, nos sentimos
confortadas por dos miradas tiernamente acogedoras y yo escuché, con placer,
dos voces queridas, entremezcladas, pronunciando al unísono: "pero... ¡qué
bonita es!". Mis padres, mi hija y yo nos estrechamos en un océano de
lagrimas cuya autoría no podíamos definir.
Y sí, mi hija ya era bonita. Cada día lo sería
más, a medida que se fuera alimentando correctamente, adoptara normas
higiénicas, aceptara el afecto que se le diera y comenzara a darlo.
2. En casa
Durante una semana no supimos bien qué hora era
ni donde estábamos. No acabábamos de sentirnos completamente despiertas. A mí,
se me hacía raro encontrarme en mi entorno habitual con una hija.
Pedí a las visitas que se mantuvieran alejadas
por unos días y, después, empecé a filtrar y espaciarlas. Quería que nadie
invadiera la intimidad de la niña, que ella empezara a sentir que el espacio le
pertenecía y que se sintiera cómoda. No hubo ninguna dificultad. Se entendió y,
desde un discreto distanciamiento temporal, nuestros amigos esperaron a ser
invitados. Finalmente, permití que se fueran presentando aquellos que iban a
tener más relación y una relación más positiva con ella, dejando fuera a los
curiosos y visitas por cortesía.
Después de unos cuantos rechazos de las muñecas
que le regalaban, pedí a las nuevas visitas que se abstuvieran de traerlas.
Comentándolo a una amiga psicóloga, me dio su interpretación: "la niña se
proyecta en la muñeca y ella fue rechazada". Se me ocurrió que la furia que
exteriorizaba al tirarlas al suelo era la que sentía por el hecho de haberse
sentido abandonada y que le sería bueno "expulsar sus demonios".