La primera fase infantil es la oral. Sus sentidos están
poco desarrollados y el primero en funcionar es el gusto. Por esto los
recién nacidos se llevan todo a la boca, es su forma de reconocer e
identificar objetos y el pecho de la madre es su primer contacto social.
Es su primer contacto exterior con la persona de la cual dependen más y
esperan todo. Tiene un poco de sentido que, si se cortó este vínculo, si
la niña se llegó a sentir rechazada por su madre, el sabor y olor de la
leche le llegue asociado con la vivencia más dramática y negativa de su
corta vida.
Ella no sabe nada de esto, no lo puede racionalizar, pero
el inconsciente pone en marcha extraños mecanismos de autodefensa.
Voy a compensar todo el daño que le han hecho. Lucharé a
su lado para que alcance la felicidad que le pertenece, no sé si tendrá
capacidad de quererme... pero sé, positivamente, que LA QUIERO.
6. Su nombre
A sus casi tres años, mi hija sabía que se llamaba
Youxiang. Nuestro nombre es la palabra que más gratificante nos resulta
porqué fue la primera que escuchamos de labios de quienes más nos han
querido. Pensé que tenía derecho a conservarlo, aunque para ella tuviera
otras connotaciones. A ella se lo pusieron en el orfanato y quien sabe los
recuerdos que le traería. De todas formas, para que fuera "el
suyo", deberíamos aprender la fonética exacta, con toda la
musicalidad y tono propios de la lengua china (nada fácil). Si yo llegaba
a conseguirlo, debería dedicarme a hacer cursillos a todos aquellos que
la nombraran en el futuro. ¿Se acordarían?.
Quise escuchar cómo lo pronunciaban en el orfanato:
"Yushan", más o menos. Ella misma me enseñó, corrigiéndome
hasta que llegué a dominarlo.
Al llegar, recibimos críticas y abucheos de todo tipo.
Los más voluntariosos lo intentaban pero ni se le parecía y había que
entrenarlos demasiado. Para que la niña no notara el cambio, me brindé a
hacer de puente. Durante un tiempo, la seguí llamando "Yushan"
pero anteponiendo "Aïna", el nombre con el que todo el mundo la
llamaba. Así descubrió que ambos nombres se referían a la misma
persona. Se ve que le gustó el nuevo porqué ella misma lo daba cuando se
lo preguntaban, sin el antiguo pegado.
En estos momentos, ha olvidado todos los vocablos chinos
que había aprendido y tampoco recuerda su nombre. Un día la volví a
llamar "Yushan" y se rió como si yo hubiera dicho una palabra
incorrecta. Intentó pronunciarlo interrogativamente como para que le
explicara su significado, pero ni siquiera lo supo hacer.
Sé que aún es todo muy reciente y no ha llegado a tener
una estabilidad emocional. Más adelante podremos hablar de todas estas
cosas, de su pasado, sus orígenes, hacernos preguntas y sacar hipotéticas
conclusiones. Esperaré que ella tome la iniciativa y la seguiré, brindándole
todo mi apoyo.
La Administración catalana me había obstaculizado muchísimo
el proyecto de adoptar una niña china después de ver el documental sobre
"las habitaciones de la muerte". Quizás les aturdió la
avalancha de solicitudes de información y no estaban preparados para
atender a tanto personal, correctamente.
Pero yo creía que una niña podía beneficiarse de todo
aquello que yo estaba en disposición de brindarle y no era justo hacerla
esperar. Por esto adopté una actitud crítica, totalmente
contraproducente porqué hizo que me analizaran exhaustivamente en busca
de algún motivo que justificara la denegación de mi certificado de
idoneidad.
Debí ser una de las primeras personas solteras que
cursaron la solicitud y ellos emprendieron la búsqueda por este camino.
Sin duda, era la primera soltera sin apoyo ni aprobación familiar. Mis
allegados estaban, aún, demasiado impresionados por las imágenes del
documental y sentían pánico ante la posibilidad de que me pudiera ser
asignada una niña con graves deficiencias que la convirtieran en una inválida
totalmente irrecuperable. De ningún modo podían dar soporte a la idea
descabellada de convertirme en la única responsable de una criatura en
semejante estado, con mis recursos limitados.
En vez de dar rodeos que les despistaran o camuflar la
realidad, creí que, a la larga, sería mejor para otros que mantuviera mi
postura e hiciera reconocer unos derechos que, en teoría, teníamos por
ley. Fue un camino arduo y difícil. Parecía la batalla de David contra
Goliath y no creo que yo sola lo hubiera conseguido. Sin embargo, ante los
ojos de la Administración, no parecían servir de mucho los apoyos
incondicionales de mis amigos que garantizaron hacerse cargo de mi hija en
caso de que yo fracasara. Era lanzarse de cabeza contra un muro de hormigón
y yo ya empezaba a flaquear.
Quizás hubiera lanzado la toalla si no se hubiera
producido la mágica aparición de Ana, una desconocida que creyó en mi y
me animó a confiar en la justicia o, al menos, en la humanidad de algún
juez, dando un voto de confianza al azar.
...Y ¡funcionó!. Un tribunal reconoció el error y
designó un equipo de profesionales más competentes que hicieran una
nueva valoración de mis circunstancias. Ana me había dicho:
"aquella niña no tiene ninguna culpa de nada y sí todo el derecho
del mundo a tener una madre y un hogar. Sé consecuente y no te des nunca
por vencida". Os aseguro que mereció la pena seguir su consejo. Si
tuviera alguna duda se me disiparía cuando veo a mi hija saltando de
felicidad.
Nadie mejor que Ana merecía que la niña llevara su
nombre. Pero, como yo quería integrar en la familia a aquella mujer mágica
y no me gusta que se repitan los nombres sino que cada cual posea el suyo
propio, decidí ponérselo en otro idioma o dialecto y escogí el mallorquín
por vecindad: Aina, hasta que un filólogo mallorquín me corrigió en
presencia de mi padre. Nos dijo que, en mallorquín clásico era Aïna
(con diéresis -y pronúnciese Aína-), que había existido una reina con
este nombre, etc., pero que la comodidad, los problemas tipográficos y
demás, habían hecho que fuera degenerando hasta perder la diéresis.
Yo ya había
aceptado que la niña se llamara Aina, pero a mi padre no le gustaba la
fonética y ya estaba dolido por haber tenido que renunciar a que se
llamara "Rosó". Como gesto de conciliación familiar con mi
deseo de homenajear a Ana y el principio de que las personas han de tener
nombre propio que las identifique entre el resto, accedí a darle un
nombre quizás único o, al menos, raro: AÏNA.
Con este discurso respondo a cuantos se extrañan de la
originalidad del nombre. Quizás sea un poco rebuscado pero vino así, no
lo premeditamos, y ya nos va bien, casi no necesita apellidos.
De ellos hablaré en el próximo capítulo porqué también
apareció una pregunta al respecto: la filiación de los hijos de madre
soltera.
7. Hija de madre soltera
Según la ley, cuando el reconocimiento de un hijo (sea
biológico o adoptado) es monoparental, recibe los dos apellidos del único
progenitor en el orden que éste elija. Esto ha sido así
desde hace décadas y no se ha modificado en los últimos cambios. No se
ha de hacer nada especial, simplemente la solicitud de registro con el
orden elegido.
Bien informada al respecto y como respuesta a todos
aquellos que habían dudado de mi capacidad de responsabilizarme sola de
esta niña que podía llegar con problemas añadidos, decidí
solidarizarme con aquellas madres solteras de la dictadura española, que
tuvieron que luchar solas para levantar a sus retoños con toda la
sociedad en contra y avergonzarse de ello por ser consideradas
"mujeres de mala vida". Estas señoras eran rechazadas
socialmente, incluso por sus propias familias, y sus hijos, marginados.
Para pasar un poco desapercibidas y, sobretodo, para
evitar la vergüenza a los niños, les ponían sus propios apellidos,
invertidos.
Me haría ilusión conseguir que mi hija pudiera llegar a
exhibir con orgullo, algún día, su título de "hija de madre
soltera". Y, es que, además, creo que todos estamos un poco en deuda
con todas las madres que siempre se han quedado a la cola en el orden de
nuestros apellidos.
De manera que pasé a los chinos los datos de filiación
de Aïna con mis apellidos invertidos. Cuando acudí al registro de
Changsha me tenían los documentos preparados con todos los datos
correctos. Los notarios también se esmeraron en escribir nuestros nombres
y apellidos correctamente. Así también le hicieron el pasaporte chino y
con la misma corrección hizo la Embajada Española su pasaporte español,
después de que yo rellenara la solicitud de registro a través del
Consulado.
Dos meses mas tarde, cuando debía haberme llegado el
libro de familia, me llamó Ascensión (antecesora de Ana Mosquera) para
advertirme de que mi libro estaba sufriendo un retraso porqué habían
detectado un error en el orden de los apellidos, cometido por los chinos,
que el Sr. Cónsul ya había rectificado.
No sirvieron de nada mis explicaciones ni quejas. Ascensión
me aconsejó que, al recibirlo, solicitara el cambio de orden. Me llegó
el libro de familia otro mes más tarde con los apellidos de la niña en
el mismo orden que los llevo yo. Aquí, ya estaba empadronada, dada de
alta en la S.S., vacunada, matriculada en la escuela, etc. en el orden
invertido que yo eligiera.
Gracias a la competencia y buena predisposición de los
funcionarios del Registro Civil de Barcelona, se ha podido subsanar la
equivocación con bastante celeridad (en cinco meses) pero, si hubiera
seguido los consejos que me dio Ascensión, el proceso podía haber
tardado dos o tres años. A las nuevas familias que me preguntan por los
problemas que pone el gobierno chino, les respondo que los problemas los
pone la Administración de nuestro país "civilizado". Sé que
hay sus "espías" o informadores en nuestra lista pero me remito
a los hechos y no invento nada.