Acaban
de cumplirse cuatro años desde que tu imagen, Mei Ming, se asomaba a
las
pantallas de Televisión Española, en aquel reportaje titulado
"Las
habitaciones
de la muerte", que describía la situación de algunos orfanatos
en
la República Popular China .
Hace
cuatro años que tu imagen y la de otros pequeños como tú conmovió a
media
España, provocando un auténtico aluvión de solicitudes para remediar
vuestras
calamidades por la vía de la adopción. Un aluvión que, las
numerosas
trabas de todo tipo que supone andar ese camino, redujeron a unos pocos
cientos de expedientes en marcha en todo el país.
Por
aquel entonces yo no pude verte. Quizá inconscientemente no quise
hacerlo,
porque ya estábamos preparando la adopción de la que hoy es nuestra
tercera
hija, Isabel Yinghua, nacida también en China como tú y como su
hermana
Silvia Jianpeng a la que fuimos a adoptar el pasado mes de marzo.
Isabel
fue la segunda en llegar a Extremadura y hoy ya son nueve los menores
chinos
adoptados en nuestra región. Todos ellos han tenido mucha más suerte
que
tú Mei Ming. Ellos y los más de cincuenta que están en camino tendrán
todas
esas cosas que tú nunca podrás tener: una casa, sus juguetes, un
colegio,
sus amigos , unos abuelos, unos padres, unos hermanos, el calor de
una
familia, cariño, mucho cariño y sobre todo un futuro.
Nosotros,
además, hemos podido disfrutar de nuevo con el sentimiento de ser
padres
y de serlo de una manera tanto o más intensa que con nuestros dos
hijos
biológicos. Hemos llorado y hemos reido con Isabel y con Silvia, con
sus
buenos
y malos ratos, con sus pucheros y sus sonrisas, con sus besos y sus
abrazos.
Tanto nos han dado que nos entristece profundamente no poder repetir
más
la experiencia.
Hoy
por fin te he visto Mei Ming. No sé por qué razón, quizá el
subconsciente
me
ha recordado que tenía una deuda contigo. Hoy me he parado a ver
"Las
habitaciones
de la muerte" de principio a fin. Hoy he visto como la reportera
entraba
en esa habitación donde tus "cuidadoras" te habían olvidado;
el mimo
con
el que te ha despojado del manojo de telas en el que estabas envuelta y
he
escuchado el grito de horror de la periodista al contemplar tu imagen:
un
amasijo
de piel y huesos, comidos por la infección que había convertido tus
ojos
en una masa irreconocible.
Hoy
he llorado Mei Ming. He llorado de rabia y de impotencia, viendo tu
respiración
entrecortada y el gesto dramático de tu mirada, perdida ya en el
vacío
al que irremediablemente te dirigirías sólo unos días más tarde de
que
se
grabaran esas imágenes. He llorado de pena porque sé que te fuiste
casi
sin
haber vivido, que te mató la enfermedad, pero también la falta de cariño
y
la soledad. No puedo saber que pasó por tu cerebro en esa lenta agonía,
pero
se me ha helado el alma pensando que por un momento deseaste que la
muerte
pusiera
fin a tu incipiente vida.
He
maldecido mil veces la "condición humana" que ha llegado a
permitir cosas
como
ésta y he seguido llorando al pensar que, mientras nosotros nos
acomodados
cada
día más en el sillón del desarrollo, preocupados por nuestras
"miserias",
en
las cloacas del mundo subdesarrollado miles de seres inocentes
como
tú siguen muriendo cada segundo de cada día, sin que los que tienen en
sus
manos la posibilidad de evitarlo, muevan un solo dedo para para
acabar
con tanta amargura.
Supongo
que te gustaría saber que al menos tu muerte ha servido para algo.
Cada
día son más los que, pasando por encima de los numerosos obstáculos
del
camino,
de los que se les llena la boca de "derechos del niño" y
retrasan un
solo
día una entrevista o la tramitación de un papel, se aventuran por el
proceloso
camino de la Adopción Internacional.
No
puedo creer que exista un Dios que consienta estas cosas y por tanto no
tengo
mucha esperanza de que sirva para algo, pero, por si acaso, todas las
noches
rezaré para que al menos exista un sitio en el que puedas disfrutar
de
todo lo que tus "congéneres" te hemos negado. Rezaré
imaginando que te
arropo
con una suave sábana de seda china, mientras tú duermes plácidamente
y
soñaré que te beso en la frente con todo mi cariño. Con el mismo cariño
que
beso
a Isabel y a Silvia. Con cariño y el profundo deseo de que, estés
donde estés, puedas sentir el calor de esos besos y que, algún día,
ellas y otras muchas
como
ellas, puedan despertarse en un mundo mejor, aunque tú, Mei Ming, ya
nunca
puedas disfrutar de él.
Un
montón de besos.
Fernando Hernández