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Hola, soy Sonia García Yago. Volví de Rumania el pasado
mes de julio con mi
hija Sòphia, y aunque no escribo mucho a la lista, leo todos los
mensajes.
He decidido compartir mi experiencia con vosotros, por si a alguien le
sirve.
Soy soltera y tengo (ahora) 29 años. Cuando me llamaron para ir a
recoger a
mi hija pase dos semanas fatal. Tenia fiebre, me dolía el estomago, no podía
dormir por las noches . No me sentía feliz y me costaba reconocer que
tenia
miedo. Le daba mil vueltas a la cabeza pensando que quizás todos los
que me
habían dicho que era demasiado joven para ser madre, tuvieran razón. Había
luchado mucho por tener a mi hija y no podía comprender mis
sentimientos.
Pero de todas formas, me fui sola a Bucarest pensando que todo pasaría.
Allí
tuve que estar 15 días encerrada en un hotel con mi hija y - ahora
puedo
reconocerlo sin sentirme culpable - fueron los días mas duros y
deprimentes
que he pasado nunca.
De la noche a la mañana me encontré con una personita desconocida, de
poco
mas de un año de edad, que dependía de mi las 24 horas del día y que
ocupaba
todo mi espacio. Si la niña estaba despierta, no podía moverme de su
lado;
si dormía, yo casi no podía ni respirar por miedo a que se despertara.
Por
las noches se despertaba entre 6 y 7 veces llorando. No podía
comprender que
le pasaba. Le cambiaba el pañal, le daba el biberón, la acolchaba . y
nada:
la niña no paraba de despertarse constantemente. Yo no podía dormir,
estaba
agotada, comía fatal en el hotel y no tenia a nadie con quien hablar o
compartir mis sensaciones. Miraba a mi hija, sus reacciones, sus gestos
. y
no podía reconocer nada en ella. Tan pronto me sonreía, como tenia una
rabieta sin motivo aparente. Me sentía muy deprimida. La miraba
durmiendo en
un rincón de la cuna, hecha un ovillo, y sentía una enorme tristeza. Después
la veía enfadarse y gritarme sin motivo y me sentía muy impotente.
Juro que
llegue a pensar que me había equivocado; que quizás mi deseo de ser
madre
era simplemente eso, un deseo; me dolía no sentirme plenamente
identificada
con aquel ser que era mi hija; me torturaba la culpa por no sentirme la
mujer mas feliz del mundo, cuando debiera serlo. Pero lo cierto es que
no lo
era. Mi soledad, el hecho de estar encerrada entre cuatro paredes, el ir
mal
alimentada y peor dormida, me fueron sumiendo en un estado
verdaderamente
penoso. Estaba convencida de que no capaz de ser madre, que nunca lo
seria y
que había cometido el error mas grave de mi vida. Y lo peor de todo era
que
no podía compartir esos sentimientos con nadie: me sentía
terriblemente
culpable. Cuando llegue a Barcelona pensé que nada cambiaria, pero la
primera noche de estar en casa, mi hija durmió de un tirón. Empezó a
obsesionarme su estado de salud. Si hacia un gesto raro yo lo atribuía
a
algún tipo de retraso; si comía menos o mas que otros niños a los que
conocía, pensaba que tenia algún problema; si seguía despertándose
por las
noches pensaba que era culpa mía por no permitir que se sintiera
relajada .
Los primeros días me sentí agobiada: no podía ir ni al baño sin
ella, no
tenia ni cinco minutos para mi sola; cuando la acostaba a las 9 o 9:30
de la
noche estaba ya tan agotada, que me iba a la cama sin cenar, temiendo
sus
despertares.
Y sin darme cuenta, las cosas empezaron a cambiar. Una noche entre en la
habitación y la vi durmiendo en mitad de la cuna. Estaba boca arriba,
con
los brazos abiertos, totalmente relajada. Me dio la sensación de que se
sentía segura. Al día siguiente, al despertarme, abrí los ojos y la vía
sentada en la cuna: me miraba y sonreía, y algo muy cálido empezó a
recorrerme la sangre. Poco a poco me di cuenta de que podía dejarla en
la
cuna con un juguete mientras yo me vestía; que podía sentarla en su
trona, a
mi lado, en la cocina, mientras le preparaba la comida y le contaba
historias; que podía comer con ella a mi lado mientras le iba dando
trocitos
de pan y jugaba con sus manecitas; que podía aprovechar sus siestas
para
ducharme, poner la lavadora, leer un libro o llamar por teléfono . Que
podíamos salir juntas a pasear cuanto se nos antojara y que ella se divertía
observándolo todo por la calle. Aprendí también, que pasados los
primeros
días, podía acostarse después de cenar y dormir toda la noche de un tirón,
porque algo en su interior le decía que "mañana habría mas
comida para
ella", sin necesidad de que la reclamara constantemente. Nos fuimos
acercando y aprendimos a querernos. Si: aprendimos. Yo siempre había
pensado
que en cuanto alguien me dijera "esta es tu hija", automáticamente
empezaría
a quererla. Pues no fue así. Quizás yo sea rara, pero necesite mas de
un mes
para sentirme su madre. Ahora la quiero con locura; es el centro de mi
vida,
lo mas maravilloso que nunca me ha pasado, es mi alegría al despertarme
y mi
esperanza cada noche cuando me acuesto. Nos hemos adaptado perfectamente
la
una a la otra, y no hay nada que me haga mas feliz que una de sus
sonrisas.
Juntas hemos gateado, aprendido a caminar, probado nuevos alimentos,
estrenado cama y habitación, paseado por la arena y chapoteado en el
mar;
juntas vamos a todas partes y hacemos casi las mismas cosas que hacia
cuando
estaba yo sola, pero con mucho mas placer. Es la alegría de mi madre,
la
muñequita de mis hermanos, el juguete de mis sobrinos, la
"mimada" de mis
amigos, . es mi hija y es también mi "pin"; la llevo pegada a
mi, muy
dentro, en lo mas profundo de mi corazón. Hoy, el "nosotras"
tiene otro
sentido para mi.
Hubo un tiempo en que me sentí culpable por no quererla como creia que
debia
quererla. Hoy me siento feliz por haber aprendido a quererla tanto.
Un abrazo a todos.
Sonia
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