Historia de Elena

    Era libra. Había nacido el 17 de octubre de 1.998, en algún lugar perdido en la frontera que separa los Urales de Siberia, en Rusia; un lugar donde el vodka y el frío, la miseria y el miedo, se convierten en elementos forzosos de un paisaje, esencialmente desolador.

    Nada mas nacer la abandonaron en un orfanato donde habrían de encontrarle, o quizás no, una familia que se la llevara lejos de aquel lugar.

    Yo la "conocí" un 14 de agosto. Recuerdo perfectamente aquel día porque los nervios me comían por dentro. Hacia dos días que sabia que, después de años de renuncias voluntarias y forzadas, una criatura llegaría a mi vida para llenarla como nunca antes nadie lo había hecho.

    Sus fotografías me quemaban en las manos. Era preciosa; la criatura mas bonita que yo nunca había visto. Se llamaba Elena y tenia unos ojos grandes y oscuros, un poco orientales. Su piel se veía extremadamente rosada, con unas manchitas rojas, seguramente provocadas por el frío. Su cuerpo era perfecto; larga y rellenita, con unos pies que se adivinaban largos. Sus manos eran la única nota discordante en aquella colección de fotografías: en todas aparecían cerradas, apretadas en los puños como si de alguna manera quisiera pelearse con el resto del mundo, por la injusticia de su destino.

    Durante los ocho meses de espera llegue a malgastar las fotografías de tanto mirarlas, de tanto enseñarlas ... Me sentía como si hubiese parido, por primera vez, a mis cuarenta años. Empecé a hacer proyectos, a mover mi vida alrededor de aquella criatura tan deseada. Por ella cambie de casa: un lugar mas céntrico, mas cerca del jardín de infancia, de la escuela, de mis padres ... Empecé a prepararle la habitación como si fuera el mas preciado tesoro de aquella princesa que había de llegar ...

    Con ella me acerque mas a Dios. Le pedí su aprobación, su apoyo ... llegue a creer que podía ser una buena madre, a pesar de mis dudas. Me convencí de que Dios creía en mi y en todo el amor que llevaba dentro para entregar a mi hija. Semana tras semana le rogaba que la protegiera, que cuidase de ella, que de alguna forma le hiciera sentir que alguien estaba esperándola y que la quería.

    Toda mi familia se volcó en ella. Todos la querían ... Era la nieta de mis padres, la sobrina de mis hermanos, la prima de mis sobrinos ... era mi hija, por encima de todos mis miedos.

    Y llego el momento de ir a buscarla. Había cumplido ya el año y medio de edad y, aunque me sabia mal habérmelo perdido, era consciente de que ya caminaría.

    El 12 de abril, un día de mucha nieve, me subí al coche del interprete que iba a llevarme al orfanato de Kirov. Durante el trayecto las dudas me asaltaron de nuevo y volví a mirar las fotografías de mi hija, diciéndome a mi misma que todo iría bien.

    Y llego el gran momento. Yo estaba allí en el orfanato, parada en un rincón de la sala de visitas. Esperaba, medio agachada, que mi hija entrara caminando de la mano de su cuidadora. Pero no lo hizo. Su cuidadora me la trajo en brazos, como si fuera una criatura recién nacida.

    Me la entrego y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Los ojos de mi hija seguían siendo grandes y oscuros, pero era incapaz de fijarlos en ningún lugar. Su cuerpo desprendía un calor especial, pero era mas pequeño que el que se reflejaba en esas fotografías, tomadas supuestamente diez meses antes, que desde hacia tanto tiempo acompañaban mi vida. Me quede paralizada mirando, sin ver, como la cuidadora le decía cosas intentando llamar su atención. Elena no veía, no sostenía la cabeza, no sentía ... Hacia algunos movimientos convulsos sin darse siquiera cuenta de esos brazos, mis brazos, que con tanto amor la sostenían. Como pude le entregue el mono de peluche que le había comprado, pero tampoco lo vio. "Esta niña no esta bien" - me dije a mi misma sin atreverme a exteriorizar mis temores. Sin darme cuenta, las lagrimas empezaron a brotar de mis ojos, mientras la pediatra me leía el expediente medico de Elena y el interprete se apresuraba a traducirlo; los dos con la misma cara helada, como si estuvieran recitando una aburrida lección. Yo casi no me sostenía en pie. La niña reposaba en mis brazos totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor. Ni siquiera fui capaz de memorizar la larga lista de enfermedades que me dijeron que había sufrido Elena. Ni siquiera fui capaz de tenerla mas tiempo entre mis brazos. Como pude, la bese en la cabecita, y pedí insistentemente que alguien se la llevara, mientras caía inerte y desconsolada en una silla. El aturdimiento se apodero de mi espíritu y ya no me abandonaría en mucho tiempo.

    A partir de aquel momento, todo fue oscuridad. El dolor me sostuvo los tres días siguientes, mientras preparaba mi apresurado regreso a Madrid. La tristeza, la impotencia y la rabia que sentía me dieron fuerzas para firmar la renuncia a mi hija. Las casi 25 horas del viaje de vuelta, entre aviones y aeropuertos, las pase en una especie de pesadilla inexplicable e injusta. No podía comprender que había pasado, no entendía que me hubieran entregado la niña sin explicarme cual era su estado; no aceptaba que mi hija fuera aquel cuerpo inerte y sin vida que había tenido entre mis brazos. Me preguntaba una y otra vez por que Dios lo había permitido. Necesitaba tiempo para superar todo lo que había vivido ...

    Pero el tiempo paso y yo no me sentí mejor. No podía asimilar lo que me había pasado ni el por que de todo aquel sufrimiento. Me pasaba horas enteras en la habitación de Elena, sentada en su cama, mirando sus fotografías, sus juguetes, la ropita que colgaba de su armario ...

    Me encerré en mi misma. No quería hablar con nadie de lo que había ocurrido. A excepción de mis padres y hermanos, nadie sabia la verdad. Dije a todo el mundo que en el ultimo momento, su madre biológica la había reclamado. No fui capaz de aceptar que alguien había jugado vilmente con mis sentimientos.

    Había una pregunta que me martirizaba constantemente: ¿Por que el aturdimiento colapso mi sentido común aquel día, sin permitirme que pensara mas allá de mi dolor?

    Pasaron los días, las semanas, los meses ... y la tristeza, el duelo, la pena, dieron paso a un sentimiento diferente: la culpa. Yo quería a Elena; quería a mi hija. ¿Como es posible entonces que ni por un momento se me pasara por la cabeza, mientras estaba allí con ella, la posibilidad de llevármela a casa tal y como estaba? ¿Como fui capaz de abandonarla a su suerte en aquel lugar? ¿Como podré vivir el resto de mi vida sabiendo que deje un pedazo de mi misma, de mis sentimientos, de mis ilusiones ... en aquel orfanato?

    La culpa es traidora. Estuvo escondida dentro de mi durante días, semanas, sin que yo me diera cuenta. De pronto, apareció para decirme que mi dolor, mi tristeza, mi impotencia ... todo aquello que sentí en el momento tan duro que me toco vivir, no desaparecerán nunca por completo.

   Porque dentro de mi, en el fondo de mi corazón, por mucho tiempo que pase, siempre sabré que tengo una hija a quien abandone en Kirov.

 

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