El regreso de Claudia Bei a su Orfanato

 

Cuatro días después de entregarnos a las niñas, que fue un larguísimo e inolvidable 12 de noviembre de 1999, a 5 parejas nos llevaron a hacer un documento más de los muchos que hay que hacer para consolidar la adopción a una población llamada Jiu Yang, en Jiang Xi; como estaba de camino hacia Nanchang, nuestro destino final, el guía nos ofreció ir a Yong Xiu, que es donde estaba el Yong Xiu Social Welfare Institute, el orfanato de nuestras hijas.
Jaime, el traductor, un tipo muy simpático y eficaz, nos dijo que íbamos solo si queríamos. Que fuéramos conscientes de que algunas niñas rompen a llorar cuando ven de nuevo su orfanato, y que otras se ponen muy nerviosas y que otras lo pasan mal y que... y también que otras muchas no tienen ningún problema. Que decidiéramos.
En el autobús no hubo consenso. Unos padres no querían ir; otros sí (nosotros entre ellos); al final, acordamos que íbamos y que quien no quisiera bajar del autobús que no lo hiciera. Hay que matizar que la mayor parte de las niñas eran bebés de entre 9 y 11 meses. Claudia tenía entonces 8 meses y medio.

 

Así que después de unos 250 km de un viaje casi suicida (al piloto, con guantes de lana blancos con agujeros y té chino al lado del volante, se le iba bastante la olla conduciendo; iba demasiado rápido, adelantaba cuando le venía en gana, ignoraba a los vehículos que venían en dirección contraria, etcétera.), llegamos a hacer los papeles; a la conclusión, fuimos a un restaurante a comer la misma comida agridulce de cada día ; y, de camino a casa (Nanchang), fuimos -temblando, casi- al orfanato.
Yong Xiu es una población pequeña, rural, de la que casi nadie ha oído hablar, a excepción de sus propios habitantes y poco más, situada a 45 kilómetros al norte de Nanchang, que también es poco conocida pero que tiene 5 millones de habitantes.
Reconozco que estaba bastante nervioso (¡iba a ver dónde había vivido mi hija desde su segundo día de vida....!!!) y preocupado (¿Y si  le provocamos a Claudia un trauma salvaje de éstos que solo un discípulo de Freud logra descifrar años después en un diván en una consulta terapéutica de "regresiones a 100"?)
Se trataba de un edficio  blanco bastante cuidado, a orillas de un río, con unas curiosas terminaciones rojas, de forma piramidal, en cada ventana, que le daban un aspecto casi circense si no fuera porque sabíamos que no estábamos viendo, ni mucho menos, un circo.
Al llegar en el autobús, casi inmediatamente nos rodeó una grupo de unas 60 personas. Había muchas chicas más bien jóvenes que vestían con una bata blanca como las de los médicos y llevaban niños/as, algunos ancianos, algunas cuidadoras solas y algunos niños de entre 7 y 9 años, éstos revoloteando por el lugar, como queriendo llamar la atención sin que se notara demasiado. Y había, más que ninguna otra cosa, una enorme expectación ante los visitantes recién llegados.
Las cuidadoras se agolpaban frente a las lunas del autobús y le decían cosas a las niñas sonriendo e intentando atraer su atención como podían, y estaban, era evidente, muy contentas de verlas allí. Más que muy contentas, se volvían locas de alegría al ver a las niñas, y expresaban claramente su felicidad.
Algunas parejas optaron por no salir del autobús; otras, por salir en dirección contraria a la parte del orfanato que nos iban a enseñar para eludir a todo el mundo.

 

Respeté, por supuesto, esas decisiones; pero si yo tenía una preciosidad de hija en mis brazos era gracias a que esas personas la habían cuidado hasta entonces; y ¡cómo iba a negarles un último acercamiento a la criatura de la que ellos habían ejercido de padres (y de madres, y de abuelos, y de...) hasta entonces....!
En realidad, les estaba inifinitamente agradecidos por cuidar de Claudia hasta hacía cuatro días.
Además, era curioso pero nuestra hija, o eso nos parecía, atraía mucho, mucho, a las cuidadoras, que le reclamaban la atención desde fuera del autobús con contundente entusiasmo. Una vez más me preocupé por si a Clau le daba un ataque al regresar a la que había sido su casa, pero viendo la cara de aquellas gentes, llenas de alegría y sobre todo de humanidad, subrayé mi compromiso y aceptamos el riesgo con la mejor de las ilusiones. Y con muchos nervios.
Así que bajé con ella y estalló un gran alboroto. Con mucho respeto hacia nosotros pero también con muchas ganas de ver y tocar a las niñas muchas de las cuidadoras se fueron a por Claudia, a decirle cosas en un idioma que a mí me sonaba a chino (...), sonriéndole y cogiéndole de las manos y los brazos mientras yo la sostenía, aún expectante.
-"Pei,Pei", le decían, -"Pei, Pei", le gritaban, y Claudia, para mi extraordinaria alegría interna, no hacía otra cosa que sonreírles a esas chicas. Por supuesto, había oído esa llamada muchas veces. Y le gustaba. No había trauma alguno; ni mucho menos. Me sentí aliviado y feliz: no habría diván tampoco. Y sí un gesto de agradecimiento nuestro hacia esta gente que, era evidente, carecía de recursos, pero desde luego no de cariño. Y, al menos a mi hija, le dieron mucho; me pareció evidente.
Como pudimos, porque todas las chicas querían tocar a Claudia, entramos en el orfanato; nos enseñaron el salón; no era un lugar de lujo, por supuesto. Al contrario, era muy austero. Pero limpio y muy cuidado. Había una televisión que tenía aspecto de haber conocido los tiempos de Mao, dicho sea (para ambos) con el máximo respeto, y unos asientos de madera que recorrían una de las paredes, absolutamente desnudas de cualquier lujo o exceso.
Había una habitación con una cama de matrimonio, lo cual me sorprendió algo, pero no hice preguntas sobre esto (lo siento); y una habitación donde dormían las chinitas...
Entramos y era muy, muy austera. Fría. Hacía mucho frío. Había unas cuatro cunas de madera verde pegadas a una pared, y otras tantas enfrente. Estuve un rato ahí; pensando. Un poco más tarde entré con Claudia, que no se preocupó demasiado, lo cual era una muy buena señal. Nada de traumas.
A quien sí le conmovió aquella habitación fue a mí. Observar su cunita, una vez que me la identificó una cuidadora, fue todo un trago. Recordé entonces que cuando ya sabíamos quién era Claudia, habíamos visto su aspecto y éramos unos asignados locos por conocer en vivo cuanto antes a la niña, hacía cuentas y cuando era hora de dormir en China muchas veces me preguntaba dónde estaría mi hija, cómo sería su cuarto. Y era -por fin- así: austerísimo, más bien ordenado; nada lúgubre, pero nada alegre tampoco.
Así estuve meditando un buen rato. Estaba absorto en mis pensamientos cuando rompió mi concentración la sensación de darme cuenta que allí no estaba solo: efectivamente, me fijé, en la cuna de al lado había una niña durmiendo. Estaba rodeada de lo que parecían decenas de capas de ropas, y obviamente no se movía. La habían encontrado hacía unos días. Era imposible que se moviera con todo el ropaje que tenía encima. Pero si no lo hubiera tenido igualmente lo habría pasado mal por el frío.
Al poco tiempo entró otra cuidadora, y para mi sorpresa en otra cuna, adyacente a esta, había otra niña que tampoco había visto. No es que ande mal de la vista: es que parecían mucho más varias mantas apiñadas en una cuna que una niña durmiendo.
Salí de la habitación y seguimos visitando el orfanato; vimos la trona, una trona muy familiar, también verde, que es la que se utilizaba para hacer las fotos de asignación a las niñas.
Este orfanato está adscrito al Programa ECHO, y está cofinanciado por la Comunidad Europea. No sé si era por esto o por qué, pero ofrecía, dentro de su extremada austeridad, una imagen más que razonable.
Esta sensación se deshizo un poco cuando quise ver el baño que había junto al cuarto de las niñas. La puerta estuvo siempre cerrada, pero yo quería verlo. Así que fuí. Hacía un frío de locos dentro. Había una especie de pila en la que esperé para mis adentros que nunca hubieran bañado a Clau (ni a las demás) ahí, porque podía haberse congelado. (De hecho, estaba llena de agua, aunque no había nadie, claro, y más bien parecía esos recipientes de piedra que había en la calle, antiguamente, en los pueblecitos para que bebieran agua los bueyes, o los caballos -o los camellos, ahora que vienen los reyes-... ) Dicho sea también con el máximo respeto a los limitados recursos del orfanato. En fin, el baño era un desastre, lo que me fastidió bastante, pero había que asumirlo.
El resto tenía buen aspecto. Solo vimos la parte donde vivieron nuestras hijas y el patio, que era muy grande y daba al río. A Claudia seguían persiguiéndola las cuidadoras. Algunas venían a verla "-Pei, Pei!!!", "Pei, Pei!!!"- con niñ@s que eran verdaderas monadas y que, decían sus cuidadoras, estaban esperando asignación. Algunas de las niñas eran guapísimas, y yo me preguntaba por qué, si había familias que se morirían por tener un hijo así, y como fuera, por supuesto, pero así también, por qué no estaban ya con su familias...
Los 3 o 4 niños que había por ahí más mayores daban bastante pena. Uno especialmente, porque estaba tuerto. Corrían de un lado hacia el otro, siguiendo en un zig-zag desordenado a las familias, intentando que les vieran, pero sin que se notara que reclamaban esa atención. De vez en cuando se acercaba uno de ellos, hacía una mueca parecida a una sonrisa y se volvía a ir corriendo. Aseguraba el director del orfanato, que nos acompañó en todo momento, que los cuidaban hasta que podían ganarse la vida por ellos solos.
Claudia no dejaba de ser uno de los focos de atención de aquella visita. Hubo un episodio que me impactó. Dos de las cuidadoras se acercaron y empezaron a tocar sus zapatitos. Eran botines azules, de pana que habíamos llevado desde España, y eran nuevos, como es lógico. Los tocaban una y otra vez. Parecía que nunca habían visto zapatos de este tipo. Se decían algo entre ellas y asentían con la cabeza. Me dieron ganas de quitárselos a Claudia y dárselos a la cuidadora para la niña que llevaba en brazos... pero en el último instante pensé que, a pesar de la buena voluntad, no procedía. Entonces me prometí enviar toda la ropa de niño que pudiera recaudar entre las Navidades y el Año Nuevo chino... posiblemente para calmar el complejo de "rico occidental" que había generado el encuentro con estas dos cuidadoras...
Nuestro orfanato tenía otra característica peculiar: también era una residencia para la tercera edad; se veían con frecuencia ancianos que iban de un lado para otro, asombrados como es lógico viendo a los occidentales que habíamos invadido su tranquilidad. Pero un asombro sereno; parecían agradecidos de que hubiéramos roto de forma tan contundente su rutina diaria.
Anochecía y debíamos irnos. Nos costó mucho despedirnos. Era muy emocionante. Algún día tendría que decirle a mi hija, entre tantas cosas, que estuvimos un día en su orfanato. Y que allí vimos que quienes la cuidaron lo hicieron con el mayor de los mimos y cuidados.
No creo que pueda olvidar nunca la mirada de varias cuidadoras, otra vez frente a la luna del autobús, diciéndole de nuevo "Pei, Pei" a Claudia, sonriendo con un gesto extraordinariamente cariñoso que les llenaba la cara entera. Además, en el rostro singular de las cuidadoras se reflejaba una sensación que aunque hayan vivido muchas veces quizá no puedan disimular: la mezcla de aguda tristeza por la niña con la que habían vivido durante meses que ahora se va para siempre junto a la alegría de que aquél bebé que, como el nuestro, encontraron al pie de la valla exterior del orfanato hacía 9 largos meses haya encontrado una familia que, al menos, intentará hacerla feliz.
Aquellas miradas dieron mucho que pensar. No hay muchas así en Occidente. Supongo que solo alejados del  salvaje y absurdo mundo occidental al que todos nos sometemos, y pertenecemos, se puede ofrecer un rostro marcado con tanta autenticidad.
Casi anochecía, como digo, y aún quedaban muchos kilómetros para llegar a Nanchang. Cuatro días antes, ese mismo trayecto lo hizo Claudia, entonces Jiang Yong Bei, para encontrarse con nosotros y convertirnos en los padres más felices del mundo.
Por todo ello, estaremos eternamente agradecidos a esas personas que cuidaron de ella con los ajustados recursos de que disponían, pero también con la ilimitada fuente de amor que surge de la gente que, antes que todos nosotros, ha sido padre y madre de los bebés que después vamos a buscar a China.
Angel, Berta y Claudia Bei

Arriba